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lunes, 27 de junio de 2011

Desde que el minotauro se alejó de los recuerdos.-

Desde aquel día en que el mismo Borges comenzó a describirme su pesar de ceguera recóndita, que supe que amaría de una forma no prevista, con aquellas sensaciones de dulzura caminando por el vértigo de los dedos de las manos: de mis manos.
Formas de amar de días de neblina, formas de besar desde la tristeza de los ojos sin abrazar...y nosotros abrazando la pasión desenfrenada de un Junio sin lluvia, pero con las lágrimas intactas. Y mientras, ¿de qué se rie Borges? Nadie lo sabe; sólo nuestras manos son testigo del día bendito en que alguno de sus poemas tocó a nuestras poemas, y los claveles blancos hicieron su parte a través de la humildad.
¿Y dónde están aquellas flores sin besar? Se quedaron, quizás, en la mesa del olvido, del día en que ni la mismísima lectura fue correspondida. Besos gigantes, historias de un brazo perdido entre la multitud... y dos grandes versos se esfuman hasta aparecer en la forma de aquellos dos ángeles perdidos, desorientados en el recuerdo de una mesa solitaria...con la lectura sin ser tocada. 
Y fuimos reyes, y nos demostramos el más bello despertar, la más antigua blancura de los demonios inmortales por sus estrellas perdidas. ¿Y qué pasó con las estrellas que se sucedieron a lo largo de las noches más eternas del mundo? Se estrellaron ante la inmensa multitud de anocheceres, de ocasos y de abrazos.
Y siguen perfectos ante el asombro de los placeres cuyo límite no conoce el sueño desesperado de los dos amantes; y se mezclan junto a las noches jubilosas del aroma americano de los versos...¿Y qué son?
Son, simplemente, las estrellas más bellas de la historia.




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